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Lo que creí que era Amor…

por Carolo Ruiz

Me preguntaba alguien, con impostada pose de estar de vuelta de la vida misma, hace ya unos años, y en pleno “síndrome post-traumático» mío, tras uno de tantos batacazos sentimentales, si aún, si todavía creía en el amor. Yo, solo acerté a responder que cómo no iba a creer en algo que había estado a punto de matarme un par de veces…

Sí, la verdad es que me ha dado el amor, en número, muchos más disgustos que lo que se entiende como “alegrías»; eso sí, cuando la cosa ha ido bien, no ha habido nada que fuera mayor que la ya sola  efervescente sensación de estar enamorado. Tan adictiva ella por otra parte. No sé, nunca me he drogado, pero no creo que haya sensación más “expansiva», por llamarlo de algún modo, que todas las sensaciones con que el amor es capaz de centrifugar todo nuestro interior y, por extensión, distorsionar incluso nuestro comportamiento exterior y la relación con el mundo. Cuando estamos enamorados, particularmente  en esos confusos  momentos iniciales en que todo son posibles estímulos positivos, cuando todas las canciones que suenan incidentalmente son señales de animo a lanzarnos (jamás olvidaré como en cierta ocasión “Me muero por conocerte» en voz de Alex Ubago, nada más alejado a lo que yo escucho voluntariamente, me hizo sentir como en una escena de  comedia romántica, en la que de pronto entraba la música incidental que ilustraba lo que le ocurría al protagonista) Y así también creo que no existe mayor “mono» o síndrome de abstinencia más insoportable que el desamor; el tener que renunciar a continuar con la persona que sigues amando, el asumir y aceptar que se acabó, así, sin más y que toda esa honda tristeza, esa ansiedad, esa necesidad inhumana de volver a ver, a abrazar  y sentirse abrazado por esa otra persona, es cosa tuya únicamente, y te las tienes que gestionar tú, contigo mismo, sin el más mínimo derecho a atosigar con tus penas a quien, al fin y al cabo es eso, otra persona, que tiene todo el derecho a seguir su vida; que no es propiedad tuya en modo alguno y a estar con otra persona también, desde el minuto cero, o con nadie, lo que sea, porque lo que hay que superar se reduce a algo tan tenebroso como que no quiere estar contigo.

Ocurre también el desamor que no implica relación previa alguna, o sea, el terrorífico “PODEMOS SER AMIGOS», ese pasaporte sellado que te sitúa, normalmente en un universo paralelo… o sea, para ti… en el que ya nunca recibirás siquiera una mirada de reojillo suya de cortesía. O cabe también la posibilidad de que te rechacen con una cordialidad y un afecto que se mantengan en pie en adelante. Ha vivido ya uno tantas cosas, que lo ha vivido ya casi todo, hasta eso, y esos tipos de “rechazo», a mí al menos, me han resultado más llevaderos, porque quizá los he percibido siempre como lo más lógico; que ellas no quisieran nada conmigo directamente. Quiero decir, si uno se lo plantea, el amor es prácticamente imposible que sea recíproco. ¿Cuantas personas de las que potencialmente nos podríamos enamorar se cruzan por nuestra vida?…docenas, centenares… solo nos enamoramos, de verdad, de una, de una por cada vez que nos enamoramos al menos, y las puede haber de mayor belleza, más inteligentes, más  (sobre el papel) “compatibles», pero nos enamoramos de esa persona nada más y realmente, ¿cuantas posibilidades hay de que esa persona se enamore de uno a la vez? Con todas las personas que hay en el mundo, ¿cuantas posibilidades hay de dar con esa persona de la que uno se enamora y a su vez se enamora de uno…? Así planteado, yo lo veo prácticamente imposible. Pero ocurre, lo he vivido también; he vivido incluso eso que entendemos como “EL AMOR DE MI VIDA» y lo que a su vez parece también imposible, que se termine, una vez que os habéis encontrado y ¡¡¡estáis juntos!!!… También ocurre y bueno, ahí es cuando, no sin cierta contrariedad absurda, descubres que realmente de eso no te mueres, solo se sufre hasta lo insufrible un tiempo indeterminado en que te dirán, como gran consuelo, “ella se lo pierde», mientras tú profundizas un poco más en la angustia por lo que te pierdes tú.

Al final es todo como un gran sinsentido, un inaguantable “sindiós» que diría el cabo Gutiérrez, magistralmente interpretado por el inolvidable Saza. Existe, no existe, existió pero dejó de existir, era infinito, pero acabó y, lo mejor de todo lo que tiene el amor, es que cualquiera que lea esto, que hasta aquí habré escrito, pensará que no tengo ni idea de lo que el amor es; que no es así… nada como lo he descrito. Pero lo que sí sé es que nunca habrá sido una pérdida de tiempo haberlo sentido.

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