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Los Amores de Febrero

por Loo van Loup

Acabamos de dejar atrás febrero, pero seguro que aún nos escuecen las secuelas… Cada año, desde que el mundo es mundo y El Corte Inglés existe, febrero se convierte en el mes de los enamorados. Regalitos a gogó para los que tienen pareja y reparto de todo tipo de depresiones entre los otros, esos a los que  no les tocan ni con un palo…

Pero si lo pensamos un poquito, el disgusto es muy, pero que muy absurdo porque, al final, los que de verdad tienen un mes de amores son los que hacen caja con la tontería. Y no es que yo diga que el amor es una tontería, para nada. Me encanta pensar que hay un día en el que se celebra el amor que nos profesamos los humanos; pero lo que sí me parece una bobada de miedo, es que uno se crea que es el Yeti con pelo de punta por no recibir un regalito en estas fechas.

Ay, ay, ay… que poquito nos queremos.

Escaparates con indigestión de corazones, cajitas de regalo con aludes de purpurina, bombones con mensaje y perfumes llenos de intenciones amorosas. Todo un paisaje de amores peliculeros, con regalos de folleto de venta por correo y mucho negocio a costa de nuestros sentimientos más profundos o de nuestra soledad más abrumadora… aunque en este último caso, lo mejor es comprarse un auto regalo en la farmacia con forma de antidepresivo que calme el machaque de andar solos por la vida en tales días como estos.

San Valentín es lo que tiene…una cara amable de querubines armados con arco y flecha y una cara amarga si te has ido olvidando de encontrar a alguien entre las obligaciones del trabajo, los colegios de los niños (si los tienes), sacar perros, pagar hipoteca, bregar con tu ex, mantener un piso solo o simplemente porque no te ha salido bien eso de “tener pareja”.

Pero no pasa nada, de verdad, porque al final te das cuenta de que este estallido dura solo un día, aunque con un prólogo que ni el de  Guerra y Paz… que es cierto  que hay que atravesar las calles con orejeras del tipo de las que llevan los caballos de paseo, para no ahogarte en los escaparates mullidos de amores de postal ad nauseam. No importa. Hay que ser fuerte y pensar que el amor de verdad, el amor de ese que llamamos de los buenos, solo es aquel que finalmente te aporta tanto como tú das, es fluido y fácil y además, suele acabar con un gran compromiso.

Uy…Se me ha quedado cara como de rata campera de lo que me he impresionado a mí misma con eso del compromiso. Ya lo dice la canción…”¡Cómo hemos cambiado!”… No sé…supongo que es la experiencia de la vida, o los años, o la misma hartura que llevamos encima después de mil relaciones flojas como una infusión tibia y el cansancio que produce bregar con personas a las que solo escuchar la palabra “compromiso” les produce un sarpullido monumental detrás de las orejas. Así que encima de quedar como imbéciles, hay que correr a la farmacia  de la esquina a comprarles una cremita antihistamínica, mientras ellos se rascan con cara de susto y la boca abierta por la barbaridad que han escuchado. Dos tortas les daba yo, pero así de tontos somos.

Lo cierto es que ni idea de cual es la razón última, pero creo sinceramente en lo que acabo de decir; ya ven ustedes qué sorpresita. Si es que ni yo misma me reconozco…

Y es que en un mundo en el que transitamos a toda velocidad, sin pararnos a mirar a los ojos a nadie y menos a forjar lazos que no sean el aquí y ahora o aquí te pillo, aquí te mato, el compromiso me parece una postura revolucionaria y progresista, un movimiento casi contra cultural que exige valor y generosidad más allá de las limosnas callejeras y que además nos libera de mirarnos el ombliguito constantemente mientras esperamos que el Universo nos envíe a la persona perfecta, eso sí,  sin mover ni un pelo.

El compromiso es de personas valientes y generosas con un amplio corazón donde cabe de todo y bien organizado. El resto… ¡adornos!

No nos dejemos engañar. Quienes corren cual conejetes ante cualquier signo de lo que sea que parezca comprometerles, no dejan de ser cobardes que no ven más allá de sus pies y a mí, personalmente, me resultan de lo menos atractivo. Poquísimo apetecibles, la verdad.

Así que olvidemos ese mes de falsos corazones brillantes, velas aromáticas, dulces de empacho y angelotes con taparrabos en cada escaparate, me atrevo a defender el compromiso de verdad como lo más vanguardista en esto del amor y me quedo  más ancha que pancha… y celebremos que por fin llegó marzo y empieza la bendita primavera.

¡Hala!

P.D. El compromiso amoroso también se extiende a niños y abuelos, perros perdidos o encontrados, gatos, pájaros variados, peces de colores, tortugas de agua y tierra, serpientes, insectos exóticos y a todo ser que te obligue a dedicarle tiempo, cariño y esfuerzo. Amén.

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