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Mi Gran Vida Gay

CHUECA

Llegué anoche a Madrid, emocionado hasta la médula. Fíjate tú, a mis años y con la emoción de un quinceañero que sale por primera vez de viaje. Y es que eso de viajar solo tiene su punto: puedes ir a los museos y leerte tooodos los letreritos sin que nadie te meta prisa; puedes comer tranquilamente y ponerte hasta el culo de pan sin que tengas ese dedo acusador que te intenta convencer de que mañana tendrás el trasero como un balón de pilates y eso, mire usted, ya no se lleva; puedes revolcarte en esas enormes camas del hotel cual Laura Ingalls rodando hecha un lío de trenzas por los trigales de su casa en la pradera… Uff.. me estoy deprimiendo hasta yo. Probablemente si me lees igual no sabes quién es Laura Ingalls, que llevaba trenzas y a este paso reconoceré que la última vez que estuve en una discoteca cantaban Las Grecas (que no sabes quienes son) y el Gin Tonic costaba 400 pesetas.

Corramos un tupido velo. Llegué anoche y ahora me acuesto tras un día absolutamente agotador que tengo que relatar porque esa es mi labor. Y no, no, que soy un tío divertido. Os lo juro. Por lo que mi día ha sido de manual por Chueca. Ya veréis.

Me alojé en el Hotel Oscar Room Mate en Plaza de Pedro Zerolo 12 y es que de vez en cuando a uno le gusta el lujo y eso es lo que he sentido aquí desde que llegué. Además estás a un paso de todo por lo que creo que la opción fue muy acertada.

Como soy escritor (¿aún no os lo he dicho? ¿Qué pasa con mi ego), pues intento nutrirme de cualquier cosa que veo y acudir a sitios con encanto porque la inspiración (como decían los de Expediente X… o no…) está ahí afuera. Llevaba en una libretita apuntados sitios a visitar y como todos no era posible elegí alguno de ellos para ese día y el resto los iría catando el resto de mi estancia.

Desayuné en el hotel pero no me puse tibio (¿por qué mientes Javier?), pues tenía que visitar Mamá Inés en calle Hortaleza 22. Me habían hablado por activa y por pasiva (que es, además, una frase muy gay), de este sitio y tenía que visitarlo. Así que fui y sí, me encantó. Lo vi antiguo pero ese antiguo que gusta. De esos sitios que te imaginas su historia y el café con leche te sabe a pasado. Cosas mías. Además chicos guapos de esos que te parecen inalcanzables. Sí. En este barrio creo que hacen un casting para vivir o para pasear porque sino no lo entiendo.

Ya con el estómago más lleno que Primark en rebajas, me fui a dar una vuelta por el barrio. He de reconocer que se acumulaba el trabajo entre tiendas y miradas furtivas. Pero no. Estaba yo allí para trabajar y el placer, ya si eso, lo dejaría para más adelante.

Y es que Chueca está llena de tiendas para todos los gustos: de ropa, de zapatos, de complementos, de comida, de artículos sexuales (debo reconocer, bastante morbosos para una noche de esas que tiene uno tonta), de libros, de muebles… visité hasta una tienda de velas que me robó el corazón. Ya el olor me agarró de la nariz y me hizo entrar como si estuviesen cocinando un cocido madrileño con todos sus complementos (ya perdonaréis el símil pero a las horas que estoy escribiendo esto, los rugidos de mi estómago no los supera ni el musical del El Rey León). La tienda en cuestión se llama Velas de la Ballena y está en la calle Hortaleza 31.

Seguí y seguí visitando la inmensidad de las tiendas de zapatos que hay por la calle Augusto Figueroa. Una de ellas hizo que dejase mi paseo por unos instantes. Era un templo de zapatos indios, pero de los indios americanos, vamos… perdón por la incultura zapatera. La tienda se llama Hector Shop y está en Augusto Figueroa 27 y es ese tipo de calzado que no puedes dejar pasar. Zapatos que con los que las películas de vaqueros serían el colmo del glamour. Me fascinó su interior con pequeñas estanterías repletas de esas joyas que tenéis que ver y comprar. Quizás si entráis en la página web, que el dueño muy amable me indicó, sabréis de lo que estoy hablando: www.hector-madrid.es

Camisas. Vi camisas. Muchas camisas. Que me gustan las camisas… Hay tiendas para todos los gustos pero una hizo que me fuese de la cabeza. Se llama Mummy Room y está en Augusto Figueroa 22. Si os gusta la ropa original este es vuestro sitio.

Ya era mediodía (suelo pararme mucho en las tiendas y a hablar, hablo mucho, lo siento) y me di de bruces con el Mercado de San Antón. Bestial. Hay que verlo. Es un museo de la comida. Todo está perfecto. La fruta brilla. La comida te habla. Tengo una conocida que la primera vez que la llevamos a un garito de ambiente miraba a los chicos sin parar y ponía caras de aprobación y algo de envidia, la verdad. La mirábamos entretenidos y, de repente, se dio la vuelta y nos dijo entusiasmada:

-¡Pero qué relimpios que están todos aquí!

Sí. Pues ella diría eso de este mercado: ¡qué relimpio está todo!

Me perdí por sus varias plantas y llegué hasta la terraza en el último piso en el que puedes tomarte algo perdiendo la mirada en los tejados de Chueca. Todo un espectáculo.

El aperitivo. Que no se me olvide el aperitivo y ese vermú de grifo que he descubierto y que me tiene loco. Me senté en una mesa de las terrazas de la Plaza de Chueca (mítica por todos los costados) y me tomé uno a su salud y una tapita, así de regalo.

Era la hora de comer y una visita a Le Cocó. De esos restaurantes en los que se te pierde la mirada y deseas que tu casa se parezca a ese lugar. Bonito es poco. Y la comida pues no lo es menos. Os diré que está en la calle Barbieri 15.

Cuando acabé no pude menos que volver al hotel a echarme una siesta. Si pasó algo con alguna de las miradas que me encontré a mi camino, me lo quedaré para mis memorias. Pero es que habían sido demasiadas emociones y debía descansar un poquito pues el resto del día iba a ser intenso.

Ya duchado, peinado, cambiadito de ropa y con olor a colonia de la buena, me lancé de nuevo a las calles. Paseé mucho y no quise salir a la Gran Vía. No. Vamos a ver, no penséis que cuando entras en Chueca te ponen una pulsera en el tobillo (con arco iris impreso) y si te alejas más de diez metros del barrio te estallan los codos… Que va. Es que quería dejar que la magia siguiese haciendo su efecto. Así que me metí por callejuelas. Investigué sin parar. Tomé fotos. Decenas de fotos. Y me paré durante un ratito en La Kama Café que está en Augusto Figueroa 17 (parece que no he salido de esta calle, pero es que mira que encontré cosas allí). Me enteré de que antes era el mítico Café Figueroa que ahora ha sido renovado y ha pasado a ser un lugar en el que durante el día sirven desayunos y conforme se acerca la noche, se va convirtiendo en un lugar de copas que es interesante tener en cuenta.

Cena. Hay que cenar. Así que no podía dejar escapar el famoso local de moda Diurno en la calle San Marcos 37. Una maravilla. Su decoración. Su estilo. Su comida…

Pensaba que me iba a estallar el corazón de emoción pues Chueca lo tiene todo para no aburrirte. Cada local te impresiona más. Cada uno tiene su propia personalidad. Vayas donde vayas vas a ser tratado con cariño, un cariño que te hará volver sin duda.

Sales de cenar pensando que quizás la semana que viene te apuntes a ese gimnasio del que te has borrado tantas veces. Más cuando no paras de ver esos cuerpos cultivados que, aunque digas que te importan un pimiento, pues como que te da cosilla el no poder llevar una camiseta ajustada los domingos para ir a misa de 12 (Nota del Traductor: aquí Javier indica que esa es la manera en la que él y algún amigo se citan para irse de vermú de grifo). Así que antes de lanzarte al frenesí bailongo de la noche, haces una parada de nuevo en la Plaza de Chueca (para los que se lo estén preguntando la Plaza de Chueca está en la Plaza de Chueca) y tras una copita de vino Ribera (por favor), te marchas a tomar un cafecito a Café Acuarela en la calle Gravina 10. Qué tranquilidad por favor. Que decoración bella. Antigua pero no anticuada. Con luz tenue de esa que te invita a coger manos y robar algún beso.

Venga. Al lío. Mis pasos se encaminan al mítico Rick’s en la calle del Clavel 8. La verdad es que igual debería haberlo dejado para el final pues está al lado del hotel pero como abre a las 23:00 pues hay que aprovechar porque luego queda el postre. Así que allí que me voy haciendo alguna parada en los garitos a los que, amablemente, me invitan chicos guapísimos que en la calle hacen de relaciones públicas. Finalmente entro en el templo Rick’s y hablo con gente, conozco gente, río con gente, bailo con gente y lo pasamos de miedo. La verdad.

Y para terminar la noche, esa gente que he conocido al hacerme el interesante como escritor y periodista casual, me lleva al Why Not en la Calle San Bartolomé 7 y es el remate perfecto a ese día que tardaré en olvidar.

No sé a qué hora me retiré al Hotel. Bueno, sí lo sé pero me quedo para mi (nuevamente) todo lo que pasó y que dejo a vuestra imaginación más calenturienta.

Sé que en nada dejaré ese barrio de Chueca que me tiene enamorado. Sé que volveré al día a día. Sé que en nada visitaré una nueva ciudad y que os contaré con gran lujo de detalles mis horas más intensas en sus barrios más coloridos.

Mientras tanto me recupero de tanta emoción y solo me queda decir: cómo me gusta mi trabajo, cómo me gusta Mi Gran Vida Gay.

Javier Espinosa

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