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Estoy llegando a los 40

Por Hector Betancort

Estoy llegando a los 40.

Sí, a los 40, el 4 y el 0, «el 4 es la sillita que invita a descansar» y «el 0 es la pelota que acaba esta canción».

Con ese infame tema me enseñaron los números en el colegio y no me había dado cuenta, hasta ahora, del mensaje subliminal implícito que esconde esa terrible letra. ¿Qué insinúa? ¿He de suponer que fue escrita cuando la esperanza de vida era de 45 años? Es el único motivo que se me ocurre para escribir esos crueles versos que vaticinan decrepitud. Pero estamos en 2019, los 40 son los nuevos 20, y yo estoy genial, ni una arruga en mi terso rostro, ni una imperfección en mi piel, ni una cana en mi cuerpo y me levanto todos los días con la bandera izada.

Cualquiera que me viese pasar rápido y de noche diría que tengo 27, aunque creo que si alguien me mira fijamente a los ojos puede adivinar, por la sabiduría de mi mirada, la larga cola de hombres con los que me he acostado, los millones de manoseos en los sitios más variopintos, la cantidad ingente de vergonzosos polvos en baños de discoteca y la infinidad de paseos de la vergüenza de vuelta a casa mientras el mundo hacia su «vida normal».

Yo mismo me miro al espejo y me asombro de lo lozano que estoy, hasta que mis rodillas empiezan a gritarme cuando las obligo a estar diez minutos en la misma posición. Creo que la mayor diferencia que veo entre mi Yo de 36 y mi Yo de 20 es el carácter y mi recién estrenada intolerancia a la lactosa. A los 20 odiaba al mundo y a la gente y ahora los sigo odiando, pero de otra manera, me he vuelto más condescendiente. Ya no discuto. La gente me dice que estoy muy tranquilo, que estoy más maduro, porque antes era muy guerrero y respondón, lo que no saben es que no discuto porque, básicamente, me parece una pérdida de tiempo. Porque el rasgo que más se ha acentuado de mi carácter es el egocentrismo.

Creo que tengo suerte de que la década pasada me dejara el cerebro medio seco, porque hay muchas cosas que no puedo recordar y mi mente rellena los huecos de las maneras más creativas. Supervivencia, supongo. Hay épocas de mi vida que son pura bruma, y yo que me alegro… De lo que sí me he dado cuenta es de que me estoy convirtiendo en mi padre, podría estar convirtiéndome en Hugh Jackman, pero no, la naturaleza ha decidido ir sobre seguro y convertirme en mi padre, con todas las cosas horribles que odiaba de él, cosas que ahora no me parecen tan horribles cuando me veo a mí mismo haciéndolas. Supongo que el ser humano es así.

La verdad es que estoy bien, me siento vivo, puede que parte de eso se deba a que me he buscado un novio diez años más joven. Antes me gustaban los hombres mayores, luego empezaron a gustarme de mi edad y ahora me atrae el olor a nuevo. Esos jovencitos con sus partes sin gastar y sus sueños de futuro, que son colágeno directo a la piel. Me resulta extraño, porque creo que en algún momento de mi vida yo también fui así, me parece recordar que una vez tuve sueños. Ahora tengo planes. He reducido todas mis ansias, lo he esquematizado todo y me he dado cuenta de lo que de verdad importa en la vida, el dinero y las cosas materiales. No quiero decir que lo demás no sea importante, pero he aprendido que el dinero es la piedra que sirve de cimiento para la vida satisfactoria que quiero tener cuando sea oficialmente un «hombre de mediana edad».

El dinero te abre las puertas de cualquier sitio, cuando tienes dinero la gente te admira, te recibe, te busca, te ve más guapo, más joven y más simpático. El dinero deja que te muevas con holgura, te permite viajar, vestir siempre como si vinieses del gimnasio y beber cosas que te dejan menos resaca. Llevo fatal las resacas, no puedo salir sin beber, porque mientras estoy sobrio las personas me caen mal. Pero hay gente que se pasa la noche brincando y riendo sin probar gota de alcohol, siempre he pensado que esa gente debe estar enferma. No son de fiar.

Luego está el amor que, obviamente no se compra con dinero, pero sí se paga con dinero, que tener novio sale caro, ¡eh! No faltará quien diga que con un corazón de papel se conforma, y yo no le quito la razón, pero:

– Paquete de folios 1,50€
– Rotulador rojo 0,75€
– Tijeras 2,50€

Te acabo de demostrar que el consumismo no influye en el amor, y todo por 4,75€ ¡Bam! ¡En tu cara!

El dinero nunca te engaña, el oro nunca se muere, los diamantes nunca dejan de brillar… Y demos gracias Dios por las maravillas de la era informática, en la que puedo revisar mi economía a la velocidad de un click, porque si no me vería diez horas al día contando monedas como el Tío Gilito, sin tiempo para amasar más dinero.

La verdad es que está es una buena época para ser un casi cuarentón, este nuevo siglo es de lo más práctico. Antes las comunicaciones eran muy complicadas, mucho tiempo y energía invertidos, pero ahora con un emoji puedes decir hasta cosas que no tienen nombre, porque es un nuevo lenguaje que va más allá de las palabras. Dime tú cómo se llama exactamente esto «???????» con menos de cinco palabras. Por supuesto el tiempo también es importante, y también se puede comprar, no directamente, pero cuando tienes dinero el tiempo pasa más rápido y es de mejor calidad.

Echo mucho de menos los tiempos en que la gente no se ofendía tan rápido. Hace, por lo menos, cinco años uno podía decir que un objeto era «color piel» sin que viniese el progre de turno a decir que eso es racista, que hay que decir «amarillo Nápoles rojizo». Ahora uno nunca sabe qué decir, porque todo está mal dicho, todo ofende, todo disgusta. La gente se ha vuelto muy susceptible.

Las personas me cargan, mucho, prefiero las joyas. No es que me guste la idea de quedarme sólo en el mundo, sin nadie que me diga lo guapo que soy, cuanto le gusta mi ropa o me pida a gritos que no pare y que le dé más y más fuerte, es sólo que me molesta profundamente que el mundo no sea como yo necesito que sea. Me parece muy injusto y muy egoísta que los demás no intenten adaptarse a mis deseos todo el rato, creo que deberían ser un poco más humildes, y así yo viviría mejor.

Sé que estoy quedando como un egocéntrico, me doy cuenta, es sólo que no me importa, tengo un montón de cosas caras que evitan que me plantee ciertas cuestiones éticas.

En cualquier caso, no me hago en absoluto responsable de lo que he escrito en este espacio, porque mi mente aprende y olvida las cosas a gran velocidad, cambio de opinión según me convenga y soy víctima de este sentido del humor de mierda que hace que ni yo mismo sepa cuando hablo en serio.

Me encantaría seguir escribiendo, pero tengo que hacer un corazón de papel.

 

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