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El verano ya llegó

Hector Betancort

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¡Pues va a ser que el verano ya está aquí! Me he dado cuenta porque ya he empezado a sudar y a cabrearme por cualquier cosa, y porque la gente está como loca con dietas de última hora para la «operación verano». ¡Qué cosa tan ridícula la «operación verano»! Durante estos meses tienes que estar estupenda y bien depilada porque es la única época del año en la que la gente puede verte, el resto del tiempo eres invisible. Hay que cumplir con «el canon» y/o tenerlo todo depositado correctamente en su sitio.

Yo siempre he sufrido de delgadez (a pesar de mi afición al Redbull con flash azul en vez de hielo, asqueroso vicio que algún día me matará de lipiria calambre) y uso el verbo «sufrir» porque me parece lo más adecuado. Cuando eres delgado la gente piensa que estás enfermo y no se detiene a medir su audacia al escupirte, a la primera de cambio y sin ningún tipo de pudor, su opinión de mierda que, generalmente, se resume en que estás flaco y que tienes que comer más, lo cual a uno le da todo el derecho a contestar con un sonoro, contundente y placentero «Y tú eres muy imbécil ¡Lee más!» Responder eso cada día a alguien diferente es la parte buena de ser delgado. La parte mala es que tú no puedes ir por la vida diciéndole a la gente que está gorda, que coma menos, porque eso no es elegante, a pesar de que, para los delgados, el resto de la humanidad está gorda.
Unas somos musas de Lagerfeld y otras de Rubens, y no pasa nada, pero el paternalismo de los gordos se llama Preocupación, y el nuestro Mala Leche.

Tengo asumido que jamás tendré un cuerpazo y no pasa nada, lo único que importa en la vida (después del dinero) es tener buen rabo, la actitud correcta, y vestir bien, lo cual es imprescindible si uno quiere socializar, porque lo que nos adorna nos define y la vestimenta es una declaración de intenciones que determina la opinión que causamos en los demás. Es la técnica del trampantojo que usamos para que la gente vea lo que nosotros queremos que vean.
En el lugar en el que vivo la gente es muy clásica y ha hecho que me de cuenta de que yo no. Por lo visto mi ropa es llamativa y a la gente le agrada ese hecho, encuentran que es lo suficientemente destacable para girar la cabeza y mirarme hasta que se escucha el crujir de sus vértebras, no así yo, que creo que destacar en Lanzarote es como los abdominales de los flacos, o las tetas de las gordas, no tiene ningún valor, no tiene mérito.

Yo me visto según el método paranoico-crítico de Dalí, que consiste en ponerme lo que me salga de la brenca y esperar que la coincidencia haga el resto. Cuando no me convence lo que llevo, le busco un concepto y me autoconvenzo, lo cual tiene el increíble poder de hacer que los demás se lo crean también.

Todo en la vida es marketing y la mayoría de las veces prima el parecer, en detrimento del ser. ¿Qué interés tienen las cualidades que nadie puede apreciar? Ninguno, no sirven para nada si no les das utilidad, son datos que ocupan espacio en el cerebro que uno podría usar para guardar otras cosas de más utilidad, como el nombre y la cara de esa persona que te han presentado 5 veces y sigues sin reconocerla cuando la ves, a mí me pasa, pero yo estoy excusado, porque sacrifiqué parte de mi cerebro en una época en la que demostré la teoría de eterno retorno de Nietzsche a base de repetir borracheras constantes invariables.

En nuestra próxima cita desarrollaré esa corriente filosófica y su efecto en mi hígado. Lo haría ahora, pero es verano y tengo que depilarme las ingles.

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