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Diversión para Todos

Javier Espinosa

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¿Pues qué os voy  decir?, yo soy de esos que dice que el mejor regalo que le pueden hacer es no invitarle a una boda. Lo que pasa es que cuando se quieren unir dos personas que quieres muchísimo, se te olvida esa frase que tanto te gusta espetar para parecer moderno y en la onda. Es como volver a la infancia cuando tus padres te decían que el domingo (siempre era un domingo), ibais a ir a la boda de algún familiar y a ti lo único que te importaba era lo mucho que ibas a jugar, que estrenarías pantalón nuevo y, sobre todo, comerías tarta.

Así que un buen día tus amigos te dicen que se van a casar y tú, contra todo pronóstico, vas y te alegras. Sueltas alguna que otra lágrima y, creedme, sin la ayuda de ninguna bebida con alto contenido alcohólico les das un abrazo y lanzas una parrafada que ni el discurso del Rey en Nochebuena. Pero para colmo te suelen decir que, como eres escritor, quieren que digas unas palabras que queden bonitas y que produzcan un efecto lacrimógeno que luego queda muy bien en el video final con música de Madonna (por ejemplo).

Y empieza el calvario. Un calvario masoquista, si puedo llamarlo así. Porque una boda no es solo jugar, estrenar pantalones y comer tarta. No. Hoy en día es un evento en el que mejor o te toca el Gordo de La Primitiva o no hay tu tía.

Lo primero que te viene a la mente, no nos engañemos, es… “¿qué coño me pongo?”. Porque no vas a ir con algo usado. Nooo. Tienes que estrenar. Dicen que los protagonistas son los novios o las novias. Que si, que si… que digan lo que quieran. Tú lo que quieres es deslumbrar. Que cuando llegues todas las miradas se posen en ti y te vean caminar hasta en cámara lenta. Y si no ya lo harás tú por tu cuenta aunque quedes como un mentecato. Y es que además estás soltero. A tu alrededor todos y todas están encontrando al amor de su vida y tú te estás quedando para vestir esos santos que por ti que vayan de Primark. Viene a tu mente la famosa frase: “de una boda sale otra”. Y te lo crees. No seamos tiquismiquis. Igual está por ahí el hombre de tu vida ahora que te has quitado de todas esas aplicaciones que anuncian amores con GPS y que no te han servido de nada. Y si aparece tienes que estar perfecto. Traje azul electrizante; corbata de las que piden a gritos un “estira de ahí y cómeme la boca”; corte de pelo moderno pero con un toque “no creo en las relaciones abiertas, oiga”, que no me preguntéis cómo pero existe… Te emocionas solo con imaginarte. Además tienes dos meses para apuntarte al gimnasio y darte alguna forma que otra porque esa noche mojas sí o sí.

Luego te viene a la mente el regalo. Aquí es donde entran tus lejanas clases de matemáticas, algo de física y puede que hasta de química. Sí. Resulta que tienes que hacer un regalo (que sea dinero), que iguale al plato que van a pagar por ti y sobren algunas perrillas para el viaje de novios. Preguntas a tus amigos que te miran con cara de reproche. Tú te haces el interesante. Valoras bajar el presupuesto del traje que llevarás en la boda. Ni de coña. Eso es sagrado. Si tienes que ingresar algo menos en el número de cuenta que te han indicado en el tarjetón multicolor con música de Mónica Naranjo, pues lo harás y si eso que se vayan de viaje a Benidorm.

Pero tienes que reconocer que fuera de todo esto les quieres (a los euros no, bueno sí… también, quieres a tus amigos) y deseas que llegue el día en cuestión. Además tienes que hablar y como alguien no suelte alguna lagrimilla con tu maravilloso discurso, eres capaz de tirarle un cenicero disimuladamente y dejar que la magia haga su efecto. Porque una boda es diversión. Ante todo es eso, diversión para todos. No hay penas. Aunque llueva y te acuerdes de la virgen de la Cueva, presuntamente y con mil perdones hacia quien se pueda sentir ofendido. Porque si llueve ya nos buscamos argumentos tales como “Noooo… la lluvia significa felicidad y suerte”. Un momento… o sea, ¿que todos aquellos que han tenido un sol radiante y nubes celestiales tienen que estar contando los días que les queda hasta un pronto divorcio? Si es que el español es único para consolarse.

Las bodas son un cascabel desde el principio. Inicialmente todos muy comedidos. Besos de cristal por aquí. Boquitas de piñón por allá.  Aunque alguien te diga el maldito “¡Qué guapo estás, no te conocía!”. No es el momento de lanzarte a la yugular por, indirectamente, haberte llamado engendro de la naturaleza. No. Te das abrazos. Te haces selfies (¿dónde ha quedado la preciosa palabra “autoretrato”). Los subes a Instagram. Lo llenas de hashtags tipo: #queboda #miamigossecasan #feliz #molatodo #gayboda #gay #gayespaña #gaymundo #gaydeltodo #gaybarba #gayperoquemuygay #gayuniverso #gaymarte (por si acaso), #gaywedding, #gayinfinito (es que las etiquetas #gays se reproducen más que la gata de mi vecina Tránsito)… Y así, sin darte cuenta, resulta que casi han dado el “si quiero”. Pero el codazo de alguna buena amiga te devuelve a la vida real y sobre todo, por favor, por favor, por favor, pides que tengas muchos “me gusta” a la foto que acabas de colgar.

Así que te lo pasas bomba. Porque todos están felices. Hay aplausos. Hay arroz, no para comer oiga, de ese que le tiran a los novios y que aún encontrarán en alguna parte de su cuerpo allá por las bodas de oro.  Porque una boda al final siempre es una boda. Está el que grita “¡Viva los novioooooos!”; el de “¡Que se besen, que se besen!”. Sí. Luego en un ataque desproporcionado se pide que se besen los padrinos, las madrinas y ya, sin conocimiento, que besen a una señora de Cuenca que casualmente pasaba por allí.

Y eso nos gusta. Nos gusta mucho. Incluso a mi que me niego a tomar más de dos copitas de vino. Me niego cuando ya llevo cuatro. Me niego a tomar más cuando ya me han puesto un Sorbete de Limón. Me niego después de  trincarme dos ron con Coca Cola. No. Porque me he puesto mis mejores galas y puede que el hombre de mi vida esté ahí mirándome. Porque lo peor que puede ocurrirte es convertirte en… EL MAMARRACHO DE LA BODA. He de permanecer digno y en nada puede que llegue el temido baile. Sí. ¡Horror! Un baile que tiene, quizás, su Drag Queen de rigor que se meterá con todo bicho viviente. Que tiene una orquesta llena de colores y burbujas. Que entonará alguna de Liza Minelli, de Gloria Gaynor, de Abba, de Village People (indispensable) y que, muuuuy probablemente, degenerará en Paquito el Chocolatero o, para más horror, en el Aserejé delas Ketchup. Y entonces alguien te sacará a bailar y tu pondrás carita de no haber roto un plato en tu vida. Harás pucheritos de “no, no… que yo no sé bailar”. Piensas que… “De una boda sale otra”. ¡Venga, hombre! No seas ingenuo. Te convencerán. Y lo peor de todo es que luego habrá videos subidos inmediatamente a las redes, en los que te contoneas como un descosido sabiendo a la perfección el baile del Aserejé y hasta los Pajaritos de Maria Jesús y su Acordeón. Eso es así. No hay más.

Pero no nos engañemos. Al final todo merecerá la pena. Puede que ese que te acompaña en el baile frenético y que te sonríe bajo sus propios espejismos de alcohol sea el que la vida te ha puesto delante y que ha llevado el mismo proceso que tú a lo largo de los días hasta ese momento. Puede que dentro de unos años o, a lo loco, la semana que viene, os propongáis matrimonio y seáis los protagonistas de toda aquella locura que, no te engañes, te encanta pero mucho, mucho.

Así que no te niegues la diversión de un día así. Acompaña a esos que tanto quieres en un momento que no se repetirá porque puedes encontrar tu futuro. Y si no está allí, tranquilo, puede que lo veas mañana en la cola del Súper, en la Gran Vía o, increíblemente, en una librería.

Mientras tanto…. Feliz diversión para todos.

 

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