Seleccionar página

La Casa

Un proyecto entre lo íntimo y lo social


 

“Desde siempre tuviste el deseo de la casa, tu casa, envolviéndote para el ocio y la tarea en una atmósfera amiga. Más primero no supiste que tras tu deseo, mezclado con él, estaba otro: el de un refugio con la amistad de las cosas. Afuera aguardaría lo demás pero adentro estarías tú y lo tuyo.”

En este texto de Luis Cernuda, encontramos las cualidades de “la casa”, esa atmósfera amiga, un tamiz que diferencia el afuera y el adentro, el espacio público de lo privado.

La casa es mucho más que el espacio que lo define, que la pura construcción física. Es el lugar de habitar, que viene de tener hábitos, el lugar de la vida, de las acciones cotidianas. Si una ciudad es gente en la calle, una casa es un espacio con personas.

La casa es el proyecto más importante, más auténtico para un arquitecto. Empieza en la ideación, en el proyecto, continúa en la construcción y no acaba con la obra. Y da igual que sea para un cliente concreto, como un traje a medida, que en una promoción para un cliente tipo, un cliente medio que realmente no existe.

Al arrancar un proyecto tenemos referencias, anclas que conforman la idea y que hacen que cada casa sea singular. Además del cliente, a veces no conocido, son el lugar, el entorno y la responsabilidad con nuestro tiempo, siendo conscientes que la edificación es la gran consumidora de recursos y energía, que debemos paliar desde el diseño tratando de proyectar un futuro mejor.


 

En arquitectura y en una casa todo debe cumplir una función, y la emoción es también una función. Hay una serie de condiciones, que tienen que ver con la calidad del espacio, el orden y la luz. La casa debe garantizarnos la dimensión íntima del confort, ligado a la belleza, la armonía y por tanto también a la salud en todas sus dimensiones, y por otro lado la dimensión social de relaciones, de identidad y representación. Nos equivocamos si queremos diferenciar el exterior del interior. Todo es casa, y tiene un papel de representación e identidad, pero sobre todo de orden y equilibrio. Son las categorías de lo íntimo y lo social, que deben estar equilibradas.

Todavía hoy una mayoría de las casas que habitamos y construimos siguen respondiendo a patrones antiguos de familia y de formas de vida. Ese es uno de los retos de la arquitectura hoy, tanto en la nueva construcción como en la rehabilitación y reforma del patrimonio edificado.

La casa debe ser motivadora de una forma de vida. La arquitectura crea espacios que conforman nuestras conductas. Lo más apasionante es como se viven las casas que proyectamos, y es ahí donde más aprendemos como arquitectos, porque la casa cambia con el tiempo y hace cambiar también a quien la vive.

Es sorprendente que encontramos las mejores arquitecturas de la modernidad en la experimentación de la vivienda social, la casa mínima, mientras que, en las grandes urbanizaciones de lujo de la periferia, encontramos casas que no responden ni al lugar ni al tiempo que vivimos, porque priman las condiciones de imagen y representación tratando de seguir modas que, por su propia condición, son efímeras.

Casas que imitan de mala manera referencias clásicas o tradicionales, que nos llevarían a pensar que sus ocupantes vestirían con calzas y miriñaque y se moverían en coche de caballo. Pero no, se trata de una profunda incoherencia. Les interesa la música moderna, el arte contemporáneo o los vehículos de última generación y sin embargo sus casas hablan de lo contrario

Tan equivocado es eso, como las ansias de modernidad mal entendida que obliga a vivir en espacios imposibles, más destinados a epatar al visitante que a generar calidad de vida.

La casa debe tener voluntad de permanencia, de acompañarnos en nuestra vida. Eso se consigue con espacios flexibles, alejados de la forma determinante del estuche de violín, que no admite una flauta o una guitarra. Un contenedor que, sin renunciar al carácter de identidad o personalidad, sea respetuoso con el entorno, alejado de los gritos malsonantes y capaz de adaptarse en el tiempo a diferentes formas de vida y ocupantes, que la harán suya de muchas maneras.

El trabajo del arquitecto es poner orden en un caos de deseos, emociones y memoria, entre el programa de necesidades y las posibilidades del espacio, entre las condiciones del lugar y la voluntad de proyectar una identidad y representación.

Desde cómo se llega y se entra, a la altura de los techos, lo que significa la compresión en zonas de paso y grandes alturas en espacios de estar; la importancia de la ventilación y la orientación para un confort natural, la diferencia entre una arquitectura masiva de muros o ligera de pieles y envolventes, de tejados inclinados o cubiertas planas; el acristalamiento y el control de la luz, la diferencia entre una arquitectura árabe de patios, en una sofisticación que hace de la magia y la sorpresa su razón, y la nórdica, más abierta y transparente; proyectar con pasillos como zonas de transición o espacios diáfanos interconectados en planta libre, el tamaño de las puertas o la forma de las ventanas o la forma y posición de una escalera. No son mejores o peores soluciones, son adecuadas o no con un proyecto, tienen que ver con el lugar, la cultura y definen un tipo de casa y una forma de vivir.

El término “proyectar” tiene que ver con preguntar y escuchar; es ponerse en el lugar de quien la va a vivir. Y dedicar el tiempo necesario en el proyecto, que a veces es mucho, para encontrar el buen camino con el cliente. En el fondo, la casa debe responder a como queremos vivir y como queremos que nos vean.

Por eso es importante recurrir a un buen arquitecto en quien confiar, que no habla solo de materiales y formas, sino de experiencias del espacio y de lo que nos puede ofrecer una casa para acompañarnos a largo de la vida, capaz de adaptarse a nuestras necesidades y donde podamos proyectarnos de forma responsable y con emoción.

Y esto es igual para una habitación, un apartamento o una villa de 1.000 m2. Y es que la buena arquitectura, como una buena paella, solo depende de la correcta proporción de sus ingredientes, el tamaño no importa.

José Antonio Granero
Arquitecto
Decano del COAM – 2011/2015

Fotos cortesía de CGR Arquitectos

portada

facebook

instagram

contacto