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Humanizando Perros, Asalvajando Niños

Carlos Asperilla


 

Para contextualizar… y para alcanzar el tono en el que está escrito este artículo hemos de retrotraernos a 2004. El motivo por el que quiero ir con ustedes hacia esta fecha, no es otro que buscar ese puntito de empatía que necesito para hablar de un tema un tanto… “delicado”, para vosotros, para mí no..

Bien, situémonos en la boda de Felipe uve palito, y Letizia con ceta. La boda a bombo y platillo transcurrió tal y como dicta Disney. Y si tengo que decir la verdad, podría jurar que por encima del “sí, quiero”, aconteció otro hecho durante el evento, y que prevalece en la memoria colectiva.

Me estoy refiriendo a ese momento en el que Felipe Juan Froilán de todos los Santos Marichalar y Borbón (Pipe para los amigos) se levantó de la tribuna de los pajes con la única intención de propinarle un puntapié a Victoria López de Quesada y Borbón dos Sicilias. Y no le importó que veinticinco millones de personas presenciaran la decisión que tomó para con su prima. Vale que el angelito tenía sólo cinco primaveras… ¿peeeeero? ¿Qué hay detrás de este comportamiento? Es ahí donde quiero llegar. Así que sean tolerantes con mis palabras, porque aunque sean fáciles de leer, no lo serán tanto de aceptar. Si medio mundo ha aceptado a Stephen King (que no tiene una sola novela en la que no asesinen a un par de niños) Séanlo conmigo, sólo quiero intentar remover conciencias.

¿Quién no ha ido alguna vez a un restaurante, una cafetería… etc, etc, y…?

Pongámonos en situación; una cafetería… gente leyendo, hablando en susurros para no molestar al de al lado; se ha creado una atmosfera que recuerda a los cafés parisinos de media tarde. Una delicia.

Pero, entra al local el típico matrimonio de mediana edad, con sus tres angelitos, y por una extraña razón que nunca comprenderé, deciden soltar a las tres bestias para que hagan lo que saben hacer… ¡chillar, pelearse entre ellos, correr entre las mesas, poner en riesgo la vida del camarero cuando lleva la bandeja…¡ Y todo esto ante la mirada indiferente de sus padres. Los clientes miran con terror a los niños, después a los padres… otra vez a los monstruos, de nuevo a los padres. Y lo que hace que las caras de los que están sentados en las mesas parezcan que acaban de chupar un limón, es la impasibilidad de los que han parido a esas bestias sin alma (ni educación básica)

¿Qué hacer en estos casos? Yo lo tengo muy claro, ¡vaya que si lo tengo! Teniendo muy presente que el comportamiento de los niños tiene un culpable (en este caso, dos), no me corto un pelo en dirigirme hacia ellos. También sé que estoy caminando sobre un terreno delicado, porque tengo muy presente (y todo el rato), que cuestionar la educación que los progenitores le están dando a esos seres humanos asilvestrados, y hacérselo saber en voz alta, es el equivalente al desafío que cualquier hidalgo de sangre caliente interpretará como un ataque personal. Por eso intento plantear el asunto de una manera cordial.

Según mi experiencia hay varias reacciones cuando les digo que calmen a sus hijos; unos me miran incredulos, como si les hablara en chino cantonés. Ahí me doy cuenta de que están procesando mis palabras por mi atrevimiento,  y se sienten un poco contrariados. Otros (los menos) rebaten mi planteamiento intentándome hacer ver que la catástrofe que está ocurriendo en ese mismo momento en la cafetería, es normal… Hasta que sueltan la frase “son niños”. ¡¡SON NIÑOS!!, dicen, “son niños” como si ser un niño fuera una raza paralela a la humana, que les justifica y les exculpa de CHILLARME AL OIDO.

Sé que algún día alguien me va a soltar un soplamocos por intentar poner orden en mi entorno más próximo. Pero ese día no ha llegado (llegará, seguro. Porque estas situaciones proliferan día a día). Aun así, animo a quien lea esto a que haga lo mismo que yo; que se queje. La gente se queja poco, la gente tiene miedo a que le tachen de ser un señor Scrooge del siglo XXI (de hecho alguna vez me lo llaman a mí, incluso fuera de época navideña).

¿Ustedes saben la satisfacción que da, mirar alrededor, después de recomendar a unos padres que amordacen a sus hijos?; las caras de las mesas de los COBARDES que no se han atrevido a quejarse, reflejan un profundo agradecimiento hacia mi persona, y esta satisfacción no tiene precio. (Vale, ¡está bien!, me ha quedado pelín prepotente. Pero necesitaba este golpe de efecto para concienciar)

¿Saben ustedes que un 16% de la población española, con edades comprendidas entre los 35 y 44 años, están diagnosticadas con enfermedades mentales? (No, claro que no lo sabían. Yo tampoco. Lo acabo de mirar en Google) Bien ¿A dónde quiero llegar con esto? Pues a que estar como una regadera, no exime a nadie de reproducirse. Y estoy hablando de diagnosticados, y no he contado a los esquizofrénicos que se mueren sin saber que lo han sido toda su vida, que los hay. Antes de que se lleven las manos a la cabeza por mi atrevimiento, quiero explicar que cualquier ser humano, esté trastornado o no, está en su libertad de reproducirse cuantas veces quiera, faltaría más.

Pero en este caso quiero referirme a los “no diagnosticados”, y seamos sinceros; todos conocemos a alguno/a. Y con hijos. Ese es el problema, y voy a decir lo que todo el mundo está pensando; ¿Qué calidad de educación van a recibir las criaturas? Yo lo dejo ahí. Prefiero no profundizar más en este tema, que ya sabemos cómo están las cosas, me crucifican con dos de pipas… a ver si me voy a hacer viral, y la hemos cagao, con lo que me ha costado mentir toda mi vida inventándome un prestigio.

Pero vayámonos a otro terreno menos delicado, y más común; a otro tipo de padres. Hay otros dos grandes grupos que maleducan a sus vástagos de manera supina, y lo sé porque lo veo todos los días. Los de el primer grupo han tenido un hijo por que sí, por tenerlo… porque su vecina ha tenido tres monstruos estos dos últimos años, y ellos no van a ser menos, y hay que tener descendencia porque la tradición familiar, y Santa Madre Iglesia así lo dicen (y las abuelas presionan mucho para que ocurra el milagro). Estos a los que me estoy refiriendo, son muy fáciles de reconocer, solo hay que mirar el carrito y ver al niño de año y medio entretenido con el móvil de la madre. En este apartado hay dos realidades. Uno, la madre (o el padre, lo mismo me da) le suele dar el teléfono a la criatura para que no dé el coñazo, ni a ella, ni a los que tiene a diez metros a la redonda. Este es el mejor invento del siglo después del chupete (piensa). Y su conciencia está tranquila, porque está convencida de que dejando que trapichee con el Iphone equis gris espacial, durante trece horas seguidas, no está maleducando a su hijo. Pienso firmemente que con esta acción cree estar cerca de un futuro programador que les va a sacar de pobres, y que si tiene el teléfono durante tanto rato es porque está codificando computaciones, porque el objetivo de su hijo de año y medio, es crear un software revolucionario que va a llevarles a lo más alto de Silicon Valley.

Los del segundo grupo son aún mucho más peligrosos que el mencionado. Porque estos sí que deseaban tener un hijo con toda su alma. Y si no pueden tenerlos, los compran, pero de oferta, como hizo Isabel Pantoja, nada de soñar con diseñarlos, que no somos Ricki Martin.

Tengo que hacer un alto en el camino aquí, para contar algo que me pasó año y medio, a colación de este punto; en el grupo de mis amigos del gimnasio, hay uno de ellos al que le costó Dios y ayuda concebir uno, bien. Cuando por fin, después de varios intentos, y después de hipotecar su vida para que la medicina le echara una mano en este asunto, su señora dio a luz (que fino). Todo fueron risas, felicitaciones y alborozos ese día… hasta que el recién papá, viéndonos a sus amigos tan cómplices y empáticos con su situación, sacó el móvil para mostrarnos el momento más feliz de su vida; su mujer pariendo (lo juro). Todos dimos un paso atrás al tiempo. “¿De verdad quieres enseñarnos esto?”, dijo alguien visualizando a su mujer espatarrada y gritando como una poseída, expulsando líquidos de los que nunca habíamos oído hablar. “Sí, hombre… pero si es como un documental de la 2”. ¡Un documental de la 2”! dice. No vimos aquel video ninguno, por supuesto; estábamos seguros de que hubiera ganado la mención especial del jurado en el festival de cine de terror de Sitges. De todas formas, hicimos bien en obligarle a que se guardara el móvil, nuestras vidas nunca hubieran sido ya las mismas. Ya sabéis, los tíos somos muy básicos para estas cosas.

Bien, remonto al punto del segundo grupo. Esos padres que creen que han nacido para ser padres. Todos conocemos a esta especie que parece haber proliferado en el siglo XXI. De pequeños les llenan de lacitos, les protegen y les consienten… y lo que es peor; piensan firmemente que los que estamos a diez kilómetros a la redonda, estamos encantados de escuchar sus berridos. Se les reconoce además porque su tema preferido en los parques, es; ¿es mejor dar el pecho o el biberón?, este dilema para este segundo grupo, está a la altura del asunto Cataluña-España, créanme, se lo toman muy en serio. Los unos celebran incluso La Semana Mundial de la Lactancia, y los otros, que son los menos, tienen que vivir con la frustración de que van a arder en las calderas del infierno, por haberse operado el pecho en los tiempos noventeros del bacalao.

Para terminar esta reflexión tan personal sobre los monstruos asalvajados de los que no podemos huir, aunque algunos hayamos tomado la decisión de que proliferen menos –o por lo menos que algún día se les llegue a considerar una especie en peligro de extinción-, quiero hacer también un llamamiento al mundo de la cultura para que de una vez por todas, llamemos a las cosas por su nombre. No hay que tomar como referencia a cantantes como Serrat, que fue muy amable al denominarlos como “esos locos bajitos”. No, Juan Manuel… los niños NO SON UNOS LOCOS BAJITOS, los niños han nacido solo y exclusivamente para arruinar cualquier evento que se precie… bodas, bautizos, comuniones y entierros. Por eso se les pone siempre en cualquier celebración a comer aparte. A unos metros de la gente. ¿Por qué se creen ustedes que hay una mesa apartada exclusivamente para ellos? Tratan de normalizarlo, pero esta cuestión tan discriminatoria es por algo. ¿Acaso hay mesas en los banquetes de las bodas para los ancianos? ¿Para los adolescentes? NO. Y de nada sirve tratar a los monstruos como princesas o príncipes desde que nacen (aunque cada vez se haga más) Por eso propongo… no poner una mesa aparte para ellos, no; considero que un lugar especialmente habilitado en una sala aparte tiene que ser lo apropiado (algo así como las antiguas salas para los fumadores, o las narcosalas) Es más, tendría que ser más habitual que las iglesias, los ayuntamientos y los restaurantes contaran con este espacio ¿Acaso no existen los hoteles donde no se admiten a perros y niños. Sería lo adecuado para que los recién casados recuerden realmente ese día como el más feliz de sus vidas. Y no les ocurra lo mismo que a Felipe uve palito, y Letizia con ceta, que tienen la desgracia de que NADIE nadie recuerda el –Sí, quiero-. Pero esto no se queda aquí, no. Algún dio me tomaré la venganza, e iré a todos los parques de bolas que me encuentre para molestar a los niños; cruzarme en sus juegos, chillar más que ellos…y tirarme en plancha en las piscinas de bolas sin mirar quien hay debajo.

Carlos Hugo Asperilla nació en 1968 en Madrid, pero ha vivido en Chiloeches gran parte de su vida. Aficionado a la lectura y escritura desde muy joven, fundó la Asociación Juvenil Literaria Las Perseidas, en 1996, con el fin de fomentar la lectura y la escritura entre los jóvenes de Guadalajara.

También ha ejercido su afición a contar historias durante años en varias radios locales de la capital alcarreña. En el 75º aniversario de la Rosa Blanca, el grupo alemán de resistencia no violenta contra el régimen nazi, La Esfera de los Libros publica una nueva edición de Rosas blancas para Wolf, la novela histórica de Carlos Hugo Asperilla premiada por la Fundación Drac con el Premio de Narrativa Yoescribo.com 2007, en la que narra la historia de un adolescente de las Juventudes Hitlerianas, cuya hermana pertenece a esos jóvenes que plantaron cara a Hitler y que fueron juzgados y sentenciados a morir el 22 de febrero de 1943.

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