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¿Qué fue de las Peladillas?

por Javier Espinosa

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Navidad. Qué bonito todo. Cuánto amor a mi alrededor.  Las calles empiezan a llenarse de luces y de color. Me viene Marisol a la cabeza y la imagino cantando villancicos como una loca. Las tiendas se llenan de millones de regalos que, con toda seguridad, no compraré. Las familias comienzan a aparcar sus diferencias, mientras ensayan sonrisas y frases conciliadoras que repartirán entre turrones y polvorones. Por cierto, ¿qué fue de las peladillas? Alguien me lo puede aclarar…

No. Nunca me ha gustado la Navidad. Ahora seguro que una parte de mi público habrá huido despavorido. Pero esperad. Esperad. Que igual hay sorpresa al final. No. No me gusta o me gustaba menos hace un tiempo. Quizás por una infancia traumática, quizás porque cuando me enteré que los Reyes Magos no existían mi corazón saltó en mil pedazos. Un inciso: espero que ya todos sepáis la identidad de aquellos hombrecitos de Oriente y que no venga yo a hacer un spoiler apocalíptico. Pero es que… ¿en serio que hay alguien aún que se crea el cuento ese? Pues no. Os lo digo sin paños calientes: los Reyes Magos no existen; Papa Noel es un invento de El Corte Ingles y el Ratoncito Pérez… en fin… No me hagáis hablar de ese maldito roedor que vendía dientes en el mercado negro.

Venga. Respiremos. No nos gusta la Navidad pero las luces en casa que no falten. Que la mía, al final, parece más un club de carretera que otra cosa. Se me va el sueldo en pilas, os lo juro. Que llega un punto que todo queda tan, pero tan bonito, que mi casa parece el anuncio de la lotería con la Caballé y el resto de cantantes que todos recordamos. ¿Árbol? Va a ser que no. Que tengo alergia al espumillón. ¿Belén? ¿Estáis de broma?

Y te invitan a alguna de cena de Nochebuena. Porque… ¿cómo vas a pasarla solo? Que no, que no. Que da mala suerte y puede que te salga un sarpullido. Vale. Aceptas. Te pones tus mejores galas porque como vayas de vaqueros no te tocan langostinos. Esa es otra. Que llevas todo el año cenando un yogur y una albóndiga pero esa noche como no te ventiles doce platos, café, copa y puro no te dejan volver a casa. Y vas a la cena. Porque sigues esperando que aparezca el amor de tu vida. Aunque sea entre villancicos de niños poseídos, gritos de familiares con sordera navideña y algún que otro “¡que vivan los novios!” de algún familiar que ya se ha soplado botella y media de vino y ya no sabe ni dónde está.

Pero yo miro a mis sobrinos que son la causa de que aún me quede algo de espíritu navideño. Los miro mientras crecen y pienso en Abba cuando cantaba esa canción que repetía una y otra vez un “se me está escapando al crecer…” Los miro y suspiro. Porque sí, se me están escapando a una adolescencia que ya se me hace ajena. Los veo entre móviles y tablets, entre Fortnites y chats de amigos. Y me veo a mi mismo en aquella infancia que ya he olvidado. Me veo con esa familia que ya vive en cielos que me cuesta imaginar y con esos primos que aún acompañan mi vida. Me veo en una mesa de gala entre consomés (qué asquito, de verdad) y demás platos de madres empeñadas en resaltar, mientras los niños inventábamos juegos o esperábamos al momento en el que todos haríamos una partida de Bingo en la que, puede, que ganásemos la fortuna de unas cien pesetas.

Me veo. Me imagino. Me siento. Y vuelven a mí las peladillas. Pienso en ellas porque son el símbolo de aquellas navidades que ya no son. Son el símbolo del olvido. Veo esas bandejas de acero inoxidable que resistían el paso de los días hasta Reyes, entre trozos de turrón duro, polvorones chafados y peladillas que se aferraban al fondo deseando dormir en ellas hasta el próximo año o que alguien les produjese una rápida eutanasia entre dientes golosos y lenguas húmedas (todo muy porno, lo sé)

Mientras tanto pasearé las calles de Madrid entre luces y villancicos de los Carpenters (lo siento, me suenan mucho mejor en inglés y me creo más estas fechas que cuando unos niños, repito poseídos, me gritan que mire como beben los peces en el río y que ay del chiquirritín chiquiriquitín mientras la virgen se peina entre cortina y cortina…), y soñaré con unas Navidades blancas y unos ojos que me miren cuando los miren y que me hablen de futuro.

Así que… os deseo felices fiestas y, de paso, un feliz año…

Texto de Javier Espinosa

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